Esa risa

Edicion Impresa

¿De qué carajos se ríe Javier Duarte de Ochoa?; eso pregunté aquí, en este espacio, cuando hace poco más de dos meses nos enteramos de la captura del exgobernador de Veracruz. Y es que en aquellas imágenes donde se le veía esposado, escoltado y enviado a una prisión guatemalteca, nunca dejó de sonreír, cuando no reír abiertamente. Ayer lo vimos hacer lo mismo. Javier Duarte apareció para su segunda llamada ante un Tribunal con un nuevo look despreocupado: barba, corte de pelo… acaso lo único que le ocupaba eran las molestias que le provocaban las esposas y la multitud de reporteros que lo esperaban. Duarte llegó sonriente, plácido, asegurando que no recibía maltratos al interior de la cárcel, como se ha asegurado en los últimos días. Él, tratando de mostrarse bien plantado a pesar de sus circunstancias. Acaso con la certeza del que sabe que su futuro no puede ser tan negro porque las garantías del pasado son la póliza de su futuro.

Y cómo no iba a sonreír, si llevaba bien planeadas las líneas que le dijo al juez: “He determinado allanarme para enfrentar la justicia en mi país. Acepto la extradición que el gobierno fallido está haciéndome (…) por considerar estas acusaciones infundadas, ligeras, vagas e imprecisas, quiero referirme que el gobierno de Veracruz me acusa y hace uso de recursos, inclusive gastando recursos del erario, con acusaciones irrisorias…”.

Así que, para Duarte, nada de lo que hoy sabemos de él, de su esposa y demás involucrados, valen su arresto. Valiente se observa, con su sonrisa retadora. Dice que prefiere venir y enfrentarse a Miguel Ángel Yunes, el actual gobernador de Veracruz (¿esa risa era para él?). Y es que la audiencia de ayer fue exclusivamente para resolver la extradición solicitada por el Gobierno del Estado que alguna vez encabezó y que lo acusa de hacer mal uso de recursos del erario, tráfico de influencias y una transacción de más de 220 millones de pesos de una cuenta de gobierno a otra. Pero todo es irrisorio, dice Javidú, por eso tal vez no se aguanta la risa y lo vencieron las ganas de posar para las cámaras de televisión y de fotografía: como una celebridad de la abyección, como una estrella del descaro. La próxima semana, también en martes, estará de nuevo frente a un juez, pero ahora para resolver la extradición solicitada por el gobierno federal. Un nuevo show: una nueva oportunidad para sonreírle a los que traen tatuado su apellido, Duarte, en cualquier parte del cuerpo, de la cuenta bancaria, de la fraternidad registrada ante el INE, de los -para él- hilarantes hilos de una trama que no le habría podido quedar tan chafa ni a los hermanos Almada. Y es que Mario Puzo siente náusea, Luis Spota regurgita y hasta Beau Willimon pediría una trituradora de papel a mitad de una repulsión creativa.

Pero Duarte, ayer, protagonista de su infame churro mexicano, hasta dispuesto estaba para hablar con reporteros, ¿será que tenga algún as bajo esa manga apretada por las esposas? ¿Será que Duarte reía porque en cualquier prisión mexicana estaría muy a salvo de los maras? ¿Será que cree que a su llegada a un penal nacional dejará de lavar letrinas? ¿Será que piensa que en México ya no habrá más depresiones ni ansiedad? Era lógico que Duarte no se mostrara afectado, era de esperarse ese cinismo que lo hizo declarar, siendo aún gobernador, que no se daría a la fuga. Tan confiado, por razones que sólo él conoce, pero todos intuimos, que sus abogados ni siquiera se preocuparon por acreditarse para la audiencia, por lo que uno de ellos tuvo que salir.

Esa risa de Duarte, la excesiva, la soberbia, la hiperbólica obviedad. Esa risa, que sigue siendo el obsceno emblema de su no tan inexplicable desvergüenza.