Me equivoqué

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Donald Trump, president and chief executive of Trump Organization Inc. and 2016 Republican presidential candidate, speaks during a rally at Grand River Center in Dubuque, Iowa, U.S., on Tuesday, Aug. 25, 2015. President Barack Obama's top business ambassador dismissed Trump's call for a wall along the Mexico border, saying the U.S. is focused instead on expanding business with one of its biggest trade partners. Photographer: Daniel Acker/Bloomberg via Getty Images

Averiguar por qué fallaron de nuevo los encuestadores será un tema central de lo ocurrido en las elecciones estadunidenses

Leo Zuckermann

Como muchos, me equivoqué al pensar que Hillary Clinton ganaría la Presidencia de Estados Unidos. Me dejé llevar por lo que decían las encuestas, los modelos de predicción, los mercados financieros y, sobre todo, las apuestas. Todos estos indicadores apuntaban a que la candidata demócrata se levantaría con la victoria. No fue así.

Lo bueno es que siempre advertí que una probabilidad baja, como la que traía Donald Trump, no era una probabilidad cero. A veces, los eventos poco probables suceden. Cada vez más en la medida en que los encuestadores están midiendo mal las preferencias electorales. Averiguar por qué se equivocaron de nuevo los encuestadores será un tema central de lo ocurrido en las elecciones estadunidenses y tremendamente importante para el proceso electoral que viene en México en 2018. Como penitencia, me comprometo a organizar una serie de debates para entender qué está pasando con la industria demoscópica en todo el mundo que ya acumula varios fracasos: México 2012, Estados Unidos 2014, Israel 2015, Reino Unido 2015, Brexit 2016, Colombia 2016 y ahora, de nuevo, Estados Unidos en 2016.

Segundo, estoy en shock. Todavía no puedo creer que el próximo Presidente de nuestro vecino del norte será Donald Trump. Me siento como en un mal sueño con la esperanza de que pronto despertaré para darme cuenta que no es cierto que la mayoría de los estadunidenses votó por un demagogo narcisista e ignorante. Hace ocho años me encontraba en Washington cubriendo las elecciones en ese país. En cuanto se confirmó la victoria de Barack Hussein Obama, Leonardo Kourchenko y yo fuimos a la explanada frente a la Casa Blanca donde una multitud celebraba la llegada del primer Presidente afroamericano de una nación históricamente racista. Todo el mundo, incluyéndome, le cantábamos odas a la gran democracia americana por este suceso. Ocho años después, estamos al revés: mentando madres preguntándonos qué demonios le ocurrió al régimen democrático norteamericano, uno de los más viejos del mundo, que llevó a la Casa Blanca a un mamarracho como Trump.

Me parece increíble, por ejemplo, que, de acuerdo con las encuestas de salida, más de 40% de las mujeres haya votado por un hombre que las considera un objeto, propio de calificarlas con un número por su aspecto físico, y con el derecho de toquetearles sus genitales. ¿Cómo es posible que tantas mujeres hayan votado por un barbaján de esta categoría? ¿No se supone que estamos en una época donde las mujeres ya no se dejan maltratar por su género? Evidentemente para muchas mujeres fueron más importante otros temas de la elección y pusieron en un segundo plano el agravio de Trump en contra de ellas. Yo, con todo respeto, no lo entiendo.

Como no entiendo que más de 30 por ciento de los latinos haya votado por Trump. Supongo que algunos son los cubano-americanos que siempre han sido republicanos. Pero hay muchos más. ¿Quiénes? Aquellos que, como en el caso de las mujeres, les pesó más otros temas que los insultos y promesas peligrosas de Trump en contra de los suyos. Y sospecho, con tristeza, que también hay muchos que evidentemente ya son ciudadanos, aunque ellos o sus padres hayan llegado de manera ilegal a Estados Unidos, y ahora quieren que les cierren la puerta a los que vienen detrás. Con un grosero egoísmo razonan: “ya somos muchos Mike González americanos como para permitir más”.

Y qué decir de los famosos millennials, aquellos jóvenes entre 20 y 35 años de edad, que se hicieron adultos en plena prosperidad económica con el cambio de milenio, y que se consideran muy progres. Muchos se emocionaron con la candidatura de Bernie Sanders pero, al parecer, varios no salieron a votar el martes a favor de Clinton sin entender la importancia histórica de una elección donde era imperativo votar a favor del candidato menos peor. No dudaría que algunos de ellos incluso lo hayan hecho a favor de Trump.

De esta forma, Hillary se quedó corta con tres de los grupos socio-demográficos a los que había apostado su triunfo: las mujeres, los latinos y los millennials. Trump, en cambio, sí logró que fueran a votar masivamente los blancos, sobre todo los de los estados del Rust Bell que tanto han sufrido por la globalización económica.

Término reconociendo que Jesús Silva-Herzog Márquez tenía razón: la democracia estadunidense sí está enferma. Algo malo hay en ella que permitió que un demagogo como Trump ganara la Presidencia. Queda diagnosticar cuál es la enfermedad esperando, desde luego, que no sea terminal.